Verba volant, scripta manent, decían los latinos. ¡Y vaya si llevaban razón! Escribir sabiendo que lo que escribes es una huella imborrable, como una cicatriz que te va a acompañar para el resto de tu vida (para bien o para mal), lleva a que cualquiera con dos dedos de frente se plantee si escribir o no escribir. Al menos, si escribir o no escribir cosas verdaderamente importantes, de las que a uno le hierven la sangre y le corroen el alma.
Si reflexionas en voz alta y tienes una conversación mientras tomas una copa, de esas que sólo pueden hacerse en el sitio adecuado y con la persona adecuada, sanas tu alma. La renuevas. Te reconfortas. Y normalmente, adquieres conocimiento a la vez que lo entregas. Te abres de par en par y salen palabras y sentimientos a la vez que entran otros. Pero nada permanece. En cualquier caso, permanece en el recuerdo y el recuerdo es selectivo. Y caduco.
En cambio, escribir es jugar con la inmortalidad. Con lo divino. Y eso, para el humano siempre es peligroso. Porque los dioses saben lo que piensan y están seguros de ello. Y los humanos, débiles e ignorantes como somos, jamás estamos seguros de lo que pensamos. Y el que lo estuvo, te lo ves dando pasos atrás y desdiciéndose de lo dicho pasado un tiempo.
Nuestro pensamiento es fruto de un tiempo y un momento. Por eso, a veces, uno lee lo que escribió cierto día y no se reconoce del todo. Al menos, tiene claro que no escribiría eso ahora. Sin embargo, lo escrito pasa a la posteridad como un testamento firmado con nombre y apellidos.
Si lo pensamos fríamente, tal vez, lleguemos a la conclusión de que no vale la pena escribir. ¿Para qué? ¿Y si mañana no estoy de acuerdo con lo que he dicho hoy?
Pese a todo, yo hoy voy a decir que merece la pena escribir. Y entiéndanme, que lo digo hoy. Perdónenme el atrevimiento. Que lo mismo mañana voy y me arrepiento.